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God Money

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En estos días post vacacionales en Francia la actividad académica vuelve a su ritmo habitual, y como siempre con ella me vuelven las ganas de escribir, un hábito que debería tomar con mucha más seriedad. La semana pasada estuve en una conferencia sobre los procedimientos para ser Profesor Universitario tiempo completo en Francia, proceso que hace honor a la burocracia que existe en el país, sin embargo, no fue eso lo realmente interesante, ya que en el marco de esa intervención afloró el tema principal de investigación del expositor: Los mecanismos de comunicación en la religión y particularmente en el catolicismo. A primera vista este tema no debería ir más allá de una charla interesante como para salir de la ignorancia, y que no tendría mucho que ver con mis intereses concretos expresados en las diferentes publicaciones del presente Blog; sin embargo, en medio de la discusión, se habló de cómo las estrategias de comunicación implementadas en las empresas -tanto políticas de edición, como la difusión de información por los medios, las relaciones públicas, los eventos multitudinarios, entre otros- han transformado el rol en los procesos de comunicación de fiel a cliente. Este cambio resulta tener bastante peso, pues tratar a los fieles como clientes implica ver a la religión y las iglesias como empresas proveedoras de servicios, mundanizando su razón de ser -su solemnidad-.

Se preguntarán ¿y eso qué? bueno pues resulta ser bastante importante, pues en gran medida la forma en la que los ritos y la construcción de iglesia funcionan parten precisamente de la lógica de la solemnidad; a pesar de congregar un gran número de personas en un espacio a una hora determinada con un objeto específico y, en algunos casos hasta pagando, las misas no se pueden clasificar como eventos de entretenimiento -aún las misas Bailables de nuestras latitudes- pues más allá de su superficialidad se esconde precisamente la espiritualidad condensada en la solemnidad del acto, expresadas en su rígida estructura y jerarquía (tiene siempre las mismas partes, oraciones, cantos, y conserva las jerarquías -el padre, los monaguillos, el coro-). Esto se evidenció hace algunos años con un debate en Colombia existente al rededor de las nuevas sectas de la cristiandad que tomaron fuerza en el País, en donde el Cardenal Rubiano declaró “la iglesia no compite con nadie porque no tiene clientes”. Claro, la Iglesia se está dando cuenta que su componente simbólico se degrada, y que la única forma de atraer o mantener fieles es a través de las dinámicas desarrolladas por las compañías con el mismo fin, para no hablar de la coherencia de marca y otros debates que darían para otra entrada del blog; tanto es así que su nuevo líder -el Papa- bien podría considerarse como un paralelo de Steve Jobs por sus carismáticas pariciones y, de tanto en tanto, demagógicas declaraciones -soy un admirador más-.

Por otro lado, es posible ver como los objetos religiosos han sufrido una transformación en su valor, siendo valiosos ya no por su connotación espiritual y religiosa, sino por el valor de su marco histórico/cultural. Desde esta perspectiva se pueden extraer dos vías: Una, que la sociedad moderna sobrepone el valor cultural al valor religioso de esos objetos; y otra, que el valor espiritual de los objetos religiosos es consumido por la cultura, transformando la religión en cultura, igualando así la religión a cualquier otra expresión cultural y por tanto absorbiendo su componente místico, en otras palabras, convirtiendo lo cultural en religión[i].

Ahora bien ¿Por qué traje a Jobbs a bailar este baile? Bueno, en la crítica -en el sentido amplio del término- de las marcas solemos ver como las marcas comienzan a transformase en paradigmas para el cliente, especialmente en el caso de Apple. Decimos que los objetos de diseño, desde el sillón Wassily hasta el Iphone, se han convertido en “objetos cultos”, reconocidos como objetos artísticos no solo por los diseñadores industriales y de producto, sino también por instituciones como el Museo de Arte Moderno de Nueva York o la Unesco. También hablamos de la “fidelización del cliente” y de la apropiación de la marca. ¿no son esas dos declaraciones bastante próximas a las ideas de la religión? ¿qué tanta distancia hay entre un fiel y un cliente fidelizado? ¿no es el objetivo supremo del branding convertir su Marca en  una religión, y por el mismo lado al consumidor en su fiel? De estas preguntas puedo ver algo muy interesante por desarrollar, y es que en la modernidad se requiere cargar culturalmente un objeto o una marca para que de ahí se pueda lograr una fidelización del consumidor, llegando a los extremos codiciados por los industriales y criticados por los sociólogos, en donde las marcas y sus respectivos productos absorban la dimensión religiosa en su totalidad; claro, todo esto posible gracias al postfordismo industrial y a la globalización.

 

 

[i] Tal vez estas dos vías puedan ser procesos simultáneos en donde primero se genera una nueva capa mientras se absorbe.

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