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A mí también me dio miedo.

A mí también me dio miedo.

Hace algún tiempo leía como un contacto de Facebook atacaba a Internet partiendo de un artículo de Noam Chomsky que trataba sobre la desconfianza que este reconocido lingüista -y líder de opinión- siente hacia Internet. Este ataca desde su perspectiva bastante conocida que parte de la idea que los medios son manipulados y están inscritos en el ejercicio del poder, además de hacer ver el impacto de los nuevos medios como algo menos trascendental -comparándolo con el telégrafo o la radio-.

La creciente desconfianza en el mundo intelectual hacía los nuevos medios se genera como respuesta al optimismo de los primeros años del siglo XXI, en donde la mayoría teóricos veía con ilusión y gran entusiasmo el desarrollo de los nuevos medios y sus potencialidades en todos los campos. Teóricos reconocidos como Henry Jenkins o Nicholas Negroponte señalaban que los nuevos medios darían pie a una nueva era de conocimiento en donde este sería gratuito y de calidad al no haber barreras para adquirirlo; esto llevaría a la emancipación de los pueblos, a una mayor equidad y a la prosperidad mundial nunca antes vista. Por el mismo camino pero en otro campo, teóricos como Lev Manovich alababan las posibilidades de los nuevos medios, especialmente en lo referido a la expresión artística y la creatividad. En general todos compartían la idea de una comunidad, que parecía sacada del reconocido libro de Dumas: “todos para uno y uno para todos”.

Se puede decir que en un comienzo esa puedo haber sido la realidad, la comunidad compartía música a través del P2P (peer to peer o persona a persona) y la red se llenaba de comunidades que buscaban compartir ideas sin esperar nada a cambio -como Wikipedia o incluso Youtube-. Sin embargo, los grandes conglomerados y empresas se empezaron a interesar en Internet, y en medio de ese interés comenzaron a crear formas para interactuar con los consumidores/usuarios. Claro, estas lógicas corporativas no solo hicieron que los antiguos sectores tuvieran que cambiar de estrategias -como lo señalo en una entrada anterior en el caso de la música– y que entre otras cosas causaron la burbuja de Internet; sino que además trajeron un cambio importante en la manera en la que ella, como plataforma, se concibe. Los portales no eran ya simples fuentes de información sino que se convirtieron en empresas de este nuevo sector:  tienen juntas directivas, CEOs, acreedores, accionistas, clientes y como es de esperarse, índices de ganancias y demás asuntos financieros.

Lo particular de las compañías en Internet es que no dejaron de adoptar el concepto de “comunidad”, tanto así que ahora cuando uno está en una charla sobre nuevos medios, Internet o redes sociales no puede escapar del término. Este concepto encierra la filantropía de Internet en su nacimiento, en donde la comunidad comparte para llegar a un fin común, y ese compartir implica, a diferencia de los otros sectores, gratuidad. Aquí se puede percibir entonces una contradicción fuerte, por una parte se tiene que mantener la accesibilidad de Internet -gracias a su gratuidad- pero por el otro debe dar dividendos a sus accionistas y pagar nóminas.

google icons

Iconos de los programas y aplicaciones desarrolladas o que son propiedad de Google

Cuando este mundo hasta ahora estaba conociendo el correo de Google, recuerdo haberle dicho a mi hermano lo buenos que eran al regalar tantísimo espacio de correo, y que además siguieran haciendo tantas cosas gratis. Me asombraba en ese entonces que esta compañía estuviera atacando tantos frentes y de naturalezas tan diferentes todas y que además el acceso a estas no tuviese ningún requisito. Él, de forma casi profética, me dijo: a mí, en cambio, me da miedo. Yo no seguí mucho la cuerda, me quedó sonando eso sí, pero no puedo desarrollar su idea sino hasta ahora.

Como punto de partida podemos decir que los servicios -Google, Facebook, Twitter, Vimeo, Youtube, para nombrar algunos- sí son gratis, eso sí, si pensamos en que la única forma de pago posible es en dinero. Para usarlos lo “único” que toca hacer es registrarnos, llenar un formulario básico de contacto y ¡listo!. Sin embargo es claro que estos servicios no son gratuitos, ellos nos cobran con otra moneda, la moneda de la era de la información:… la información. El caso de Snowden el año pasado dejó claro que el tesoro más preciado de Internet es sin lugar a dudas la información, pero no la información como la discuten Jenkins o Negroponte mucho más cercana al conocimiento, no, esa información relativa a los flujos de usuarios e intereses de la gente próximos más bien a la inteligencia militar. Yo me pregunté en ese momento porqué debía preocuparnos que nuestros datos fueran solicitados por un gobierno o fueran monitoreados constantemente (sobre todo porque asumo a Internet como un lugar bastante público), de hecho sigo pensando que el gran problema no radica en la privacidad, sino más bien en el inmenso poder que tienen las compañías que se declaran acreedoras de esa información -nuestras bases de datos, nuestros usuarios, nuestra plataforma…-. Mi información personal no es mía, es de Google, Facebook o Twitter, y esa es la moneda de cambio de estas empresas.

Pero esa no es la única forma en la que las compañías de Internet ejercen su poder; de hecho podemos decir que la capitalización de la información en menos transparente que otro fenómeno que habla también del ejercicio de poder y que, al igual que la gratuidad es bastante contradictorio: la censura.

facebook-censura

Comentario viral aparecido en Facebook en donde se muestran varios muertos explícitamente

Scout Willis

Imagen de Scout Willis censurada por Instagram por tener el torso desnudo. ¿cuál es la moralidad que rige la censura en las redes sociales?

Los usuarios tenemos mucho más contacto con la censura y usualmente somos también más conscientes de ella, y aún así seguimos creyendo paradógicamente en la neutralidad de la plataforma y en la libertad de expresión que ella permite. Sabemos que Facebook  nos sanciona si ponemos fotos de desnudos, kickstarter elimina proyectos que aboguen por la generación de consciencia -o con una alineación política/cultural/religiosa fuerte- hay que hacer una petición para entrar en el AppStore y se está sujeto a algunas reglas de moralidad -cargada de la clásica mojigatería americana además-. La censura también funciona al revés, por ejemplo, cuando se resalta a un contenido sobre el otro partiendo de lógicas “democráticas” -como el proyecto más vista- o no tan democráticas como el recomendado del editor o la publicidad directamente[1].

Claro, no soy tan inocente para pensar que eso no debería pasar, después de todo ese debe ser un manejo responsable de la herramienta, ya que en la curaduría del contenido se están jugando también la credibilidad de cada una de los sitios, y hay todo un espectro de moralidad aplicable y relativo a tal o cual servicio, sin embargo, esas políticas parten usualmente de la plataforma y se implantan como discursos de poder y sumisión del usuario.

Estos dos temas son tratados por aparte, siendo el de la gratuidad el más extensamente tratado -por lo seductor que resulta-. Sin embargo creo que los dos tienen algo en común que me parece importante resaltar: tanto la censura como el manejo de la información, ambas por parte de las compañías gracias al poder que les da la propiedad sobre la plataforma tecnológica, nos hacen profundamente vulnerables a la moralidad de los que manejan internet, y a su visión de qué es lo bueno y que es lo malo… independencia, es solo un sueño. A mí también me dio miedo.

 

 

[1] Generando así censura al contenido que queda en segundo plano.

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