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Somos invisibles

Somos invisibles

Tengo la costumbre, tal vez muy bogotana, de dudar por defecto de lo que la gente dice. Puede que no lo haga evidente, pero siempre estoy poniendo en tela de juicio todo lo que se dice -a mi pobre madre le toca padecer a tres personajes así en la casa-; especialmente las ideas preconcebidas y las verdades a ciegas me generan mucha desconfianza y para aceptar algo me acostumbré a comprobarlo revisando varias fuentes o al menos pensando las cosas más profundamente. Gracias a esta duda valoro con más intensidad expresiones y personajes que la gente considera admirables, y gracias también a las oportunidades que he tenido de involucrarme con la investigación he podido tener una excusa -que a veces hace falta en este mundo obsesionado con la productividad- para saber más de historia y encontrar el por qué de las cosas.

Siempre he tenido algunas dudas que van y vienen, que se reformulan con el paso del tiempo y que, como creo que le pasa a todo el mundo, se afirman o niegan a medida que maduro. Una de estas dudas persistentes es la del papel del arte en general y diseño en particular en la vida ¿por qué a veces parecemos invisibles?.

Hace unos años salió al mercado una -infame- pauta publicitaria de Bogotá Beer Company (BBC) que tenía como enunciado “Disfrute de lo mejor de Bogotá. Sin los bogotanos”. Recuerdo que cuando la leí por primera vez mi sangre hizo ebullición -todavía tiene ese efecto-, y lo llevé como caso de estudio a mi clase de diseño de identidad visual. Sentí en ese entonces que mi proceder debía ser consecuente con mis conocimientos: no solo debía limitarme a hacer un análisis crítico que pasara de lo emocional y que se centrara en lo comunicativo, sino que además tenía que sentar una posición como cliente. Tomé entonces la decisión de no volver a ir y hacer propaganda negra, a todo el que me encontraba le contaba la historia y hacía lo posible para que entendiera por qué se debía extender un veto a ese establecimiento. No creo que el impacto de  mi “campaña” hubiese sido significativo para la compañía, pero aún así me dio la tranquilidad de haber actuado a consciencia. Me juré además que si en algún momento tenía la oportunidad de confrontar a Lucho Correa -la cara visible de la agencia que desarrolló la pauta, LIP- le diría lo que pensaba.

Lo mejor de Bogotá sin los bogotanos

Los meses pasaron, y yo seguí firme en mi posición; no fue fácil, después de todo era el lugar al que acostumbrábamos ir con mis amigos. Un día cualquiera me enteré de que se daría una conferencia en la universidad sobre el desarrollo de marcas y que en dicho evento una de las conferencias estrella era precisamente la de Lucho Correa; desde ese momento supe que se me venía el enfrentamiento. Me dio estrés, soy una persona muy tímida, enfrentarse a una figura pública en medio de un evento especializado, frente a mis jefes directos y mi publico objetivo -mis alumnos- no era una situación muy cómoda, sobre todo teniendo en cuenta que el invitado especial era él, yo solo era uno más del auditorio.

Llegó el día de la presentación y, probablemente como una excusa, pensé en que si él no tocaba el tema yo no opinaría, después de todo no quería ser el profesor fastidioso que ataca al personaje para darse tono y robarle algo de “aura” al invitado, circunstancia tan frecuente en las presentaciones académicas. Lucho no decepcionó, no solo mostró la diapositiva con la pieza, sino que además se burló de todos los que habíamos criticado ese desarrollo; me pasó lo contrario al milagro de San Genaro -mi sangre se solidífico-.

Aplicando las lecciones aprendidas de un querido amigo comencé a armar mi argumento de una manera dialéctica, la manera de la Universidad Nacional –the UN Way-. Nada de lo que le dije fue mentira: comencé alabando su trabajo en el desarrollo de marcas y reconociendo el aporte que su agencia ha tenido al campo en el país, reconocí el gran mérito que tiene el papel del humor en el diseño -característica presente en sus trabajos y empleada casi impecablemente-, le comenté que además era uno de los referentes obligados de mi clase de “como hacer diseño en Colombia” y de marcas exitosas en el país; hasta ese momento soné como el típico fanboy lamebotas, pero venía la antítesis. Le señalé con pasión -tal vez demasiada- como estaba mal pensada, desde el punto de vista del desarrollo de marca la pieza que presentaba con tanta mofa. Ahí Lucho comenzó a ponerse nervioso tocando rítmicamente la mesa y moviendo la cabeza de arriba a abajo; argumento tras argumento yo sentía que la gente me miraba, él asentía, yo me clavaba el cuchillo cada vez más profundo[1], mis alumnos secreteaban y yo simplemente seguía. Terminé con una pregunta decente (no demasiado brillante) como para redondear un poco el asunto. No recuerdo su respuesta, la verdad eso no era lo importante, lo importante era haberme cumplido, y lo hice.

Esa misma semana había llegado un primo muy querido del extranjero y quedamos en salir a tomar algo. Mi familia extendida no tiene nada que ver con diseño, de hecho he tenido que explicar más de una vez qué es diseño, y tomar la salida fácil de decir que hago “publicidad” ya hace parte de mis conversaciones habituales.

Me reuní con mi primo quien organizó a toda la gente; somos varios, lo que representa una dificultad logística importante. ¿A dónde vamos? pregunté, a lo que él respondió lleno de seguridad: a BBC… ¡demonios!. Intenté explicarle por qué yo no podía ir a BBC, le comenté las implicaciones que para mí eso tenía y su respuesta -que aún me enerva- fue una mirada por encima del hombro y un ¡Pfff! desaprobatorio. Yo, que venía de una victoria argumentativa significativa en un ámbito especializado y estaba siendo “pfiado” por una persona que describiría el bodegón de Van Beyeren como un cuadro lleno de comida ¿todo esto solo porque él es un Galeno -como le dicen en la familia- y yo un diseñador[2]?

 Bodegón de banquete - Abraham van Beyeren

Bodegón de banquete – Abraham van Beyeren

No fui con ellos esa noche, y además me tragué mi orgullo y no dije nada más. La situación quedó rondando en mi cabeza y la pregunta que formulé al comienzo del texto volvió a ocupar mi cabeza. Me dolió pero le seguí dando vueltas ¿por qué?¿por qué a nadie le importa algo que para mí no solo es importante, sino la vida misma?

Una de mis primeras conclusiones fue la importancia que tienen otras áreas para la sobrevivencia humana. Según Maslow hay diferentes necesidades en el ser humano, una vez se cumplen las de primer orden se va ascendiendo, pasando por la segundo, tercer y cuarto hasta el quinto nivel de necesidad según su clasificación piramidal. Este modelo argumenta que no se puede “saltar” de un orden sin pasar por el otro. No es casualidad, visto desde esta perspectiva, que a las profesiones que están orientadas a la satisfacción de las necesidades de primer orden se les dé un estatus preponderante en la sociedad; bien reza el dicho que uno tiene que tener cerca un cura, un médico y un abogado[3].

Pirámide de Maslow

Pirámide de Maslow

Siguiendo por esa línea, el estadio referido a las necesidades artísticas se encuentra lejos, arriba en la pirámide. Desde esta perspectiva somos profesionales “accesorio”, producto de una sociedad evolucionada y autocomplaciente. No es secreto que en sociedades del primer mundo, en donde las necesidades básicas de la población están cubiertas, hay mayor campo para la exploración y el desarrollo de nuestras profesiones.

Tiempo después, visité a este primo en su casa, en donde con un acto de humildad inesperado, me comenzó a preguntar sobre el arte, sobre el por qué del arte pop e ideas básicas generales que demostraban que un interés por esos temas que a mi tanto me apasionan estaban aflorando en él. Todo el argumento de Maslow se me estaba complicando: si mi primo siempre había tenido cubiertas sus necesidades básicas ¿por qué hasta ahora me preguntaba esto?

Por un lado, vi el lado puro del asunto, en el que la expresión del ser se ve realizada a través del arte -el diseño incluido en él-; era solo cuestión de tiempo para que mi primo pasara de las soluciones que da el día a día -programas de televisión, revistas, la publicidad y demás- por unas que requieren más contexto, son más abstractas y conceptuales y por lo tanto, más difíciles de entender[4], como las del arte.

También pensé en algo más gracias a un juego independiente que se enfoca en desarrollar sociedades: en él, los integrantes de una comunidad asumen roles dependiendo a sus tareas, los personajes comienzan entonces a desempeñar su actividad, representada por animaciones básicas; el leñador va al bosque y corta árboles, el militar patrulla, el herrero se para junto al yunque; lo interesante pasa cuando aparece un rol llamado “poeta”, este solo pasea y pasea, no hace nada[5]. ¿Qué soluciona el arte? nada, solo está ahí.

Más allá de los clichés que puedo estar tocando, e irónicamente, recordé también una de las observaciones que Correa hizo en aquella conferencia, esta me iluminó: “dénse cuenta, a nadie le importa el diseño”[6]. Y no es que a nadie le importe, es que en el caso concreto de la publicidad y de los mensajes mediáticos a la gente no le gusta ser consciente de que está expuesto a ellos. Claro, reconoce que existe la publicidad, incluso habla de ella, pero el público en general no quiere ver de qué manera se configura su identidad al comprar -o no- un bien, no le gusta asumir que sus decisiones no son enteramente suyas, y mucho menos que hasta cierto grado está siendo manipulado.

A lo que llegué con todo esto es que nosotros, los diseñadores, le podemos tener pánico a las inyecciones y a la sangre, pero ellos, los profesionales productivos, ni si quiera se imaginan el poder que tenemos nosotros, los que trabajamos con el mundo de los signos. Después de todo, si somos invisibles.


1Como en cualquier institución, en la academia también hay cuestiones políticas; en este caso particular, la decana había invitado especialmente a Lucho Correa, razón por la cual me sentía de cierta forma atacando a la Decana.

[2] Publicista, el que hace muñequitos, el que le puede poner las cosas bonitas y además arreglarle el computador son algunos de los conceptos que se tienen.

[3] Hasta ahora pienso que este dicho puede tener alguna relación también con las tres dimensiones del ser -mente, cuerpo y alma-, pero no podría probarlo.

[4] No digo que mejores

[5] No sé si eso era una falla o era voluntario, de todas formas, me sirvió.

[6] Esa idea se puede extender a las artes en general, que solo interesan a los que estamos metidos y dependemos de ellas , y no me refiero a la dependencia económica, que es obvia, sino a una dependencia más profunda que tiene que ver con la manera en la que entendemos la realidad

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