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Tener el privilegio de trabajar

Tener el privilegio de trabajar

Como respuesta a mi querido amigo, David García y el video del lanzamiento de su libro El Campo Laboral Publicitario”

 

Siempre me he considerado una persona afortunada, pues tal y como le pasa a los futbolistas, yo me gano la vida haciendo lo que para mí en otros tiempos podría haber sido un hobbie; esto no quiere decir que no haya lugar a un esfuerzo constante ni al ejercicio profesional de mi oficio,  más bien implica el grado de placer con el que ejecuto los encargos que me hacen los clientes, pues veo en cada requerimiento un desafío a mis habilidades y conocimientos.

Siempre vi en la práctica un espacio para el aprendizaje, y desde bastante tiempo antes de terminar mi carrera comencé a familiarizarme con el entorno laboral de mi campo. Mi primer trabajo, que siempre he creído que fue un cargo inventado, fue como el encargado de tráfico en el departamento de artes finales de una famosa agencia, el rol que desempeñé allí no fue otro que el de mensajero, pues era el encargado de traer y llevar los zip –ojo, un formato arcaico- con los archivos en alta de un lado al otro, llevar papeles de autorización de artes finales entre departamentos, llevar las diapositivas al service para hacer la digitalización, y otras tareas varias. No me avergüenza en lo más mínimo reconocer que hice este trabajo, de hecho le debo mucho, pues fue ahí donde comprendí la dinámica de tener el privilegio de trabajar.

Estaba en cuarto semestre de diseño gráfico y a duras penas tenía conocimientos suficientes para hacer cualquier labor de diseño, y mucho menos, para entender lo que el maravilloso mundo de las agencias de publicidad es. Me acomplejaba un poco llegar a la agencia con pinta de estudiante –eso era- mientras las demás personas llegaban siempre con la última moda, hablando, ocasionalmente en inglés, de billones de pesos con representantes de marcas que veía todo el día en la televisión y que, en definitiva, se constituyen como el sueño con el cualquier diseñador quisiera tener el privilegio de trabajar. La verdad me enorgullecía cada vez que contaba que iba al trabajo y que mi cargo era ser el “encargado del departamento de trasporte”, cayendo en el eufemismo de cargo tan frecuente de las organizaciones –y en especial de las agencias de publicidad-, eso sí con un pequeño matiz, estaba en español. Evidentemente, la mascarada de desbarataba cada vez que tenía que explicarle a una tía o un primo que era lo que hacía… reconocía la cara de desilusión –probablemente un pfffff, mental-. Tengo algunos amigos que trabajan en agencias de publicidad y/o medios a los que, evidentemente les pasa lo mismo, claro, cuando se cuenta como una anécdota en una reunión profesional, la expresión de los colegas es una reacción a la de la familia: “claro, que ignorantes, a mí también me pasó”.

Fue en ese paso por la agencia que decidí no hacer parte de una institución de ese tipo, claramente tuve muchas dudas al respecto, pues en la academia existe un juego de legitimación hacia ellas: Cada vez que un conferencista se presenta, lo que le agrega valor no es en qué ha trabajado sino en donde ha tenido el privilegio de trabajar, privilegio que muy rara vez –por no decir nunca- se refiere a una institución académica o a un pequeño estudio de diseño (el freelance no es ni siquiera una posibilidad). Rara vez es tratado con respeto, o al menos con el mismo grado de efusividad, un egresado que constituyo su estudio de diseño y que ha trabajado con clientes más modestos o menos reconocidos.

Yo me considero un especialista en el desarrollo de marcas, y he estudiado con bastante juicio las implicaciones que este fenómeno conlleva, tanto económicas como sociales y culturales; por eso para mí es claro ver el papel que el valor simbólico juega en nuestra profesión. No me refiero al valor simbólico aplicado al desarrollo de nuestro oficio, sino a cómo este juega en contra de nosotros para permitirle a los colosos de la publicidad explotar vilmente a los recién egresados con la consigna de tener el privilegio de trabajar. Nosotros –los diseñadores y publicistas- buscamos alimentarnos del reconocimiento que tiene la agencia para tener un estatus más alto, queremos absorber completamente el posicionamiento que genera trabajar con clientes de abultados presupuestos y un alto grado de identificación, una suerte de mecenazgo que nos permita ejercer nuestra creatividad sin barreras; ¿el precio? Sueldos bajos, horarios completamente arbitrarios, y un irrespeto constante a nuestra profesión –para no hablar de esclavitud-.

Eso sí, las agencias tienen razón en un sentido, no todo egresado es bueno, ni siquiera regular, pues nuestro oficio es muy cercano al arte[1], añadiéndole el componente creativo que hace todo mucho más complejo. Las carreras como negocio solo agravan más el problema, pues se enfocan en ser efectivas en términos económicos, en llenar los requerimientos de número de graduandos y en generar profesionales que se amolden a las prácticas laborales actuales; produciendo de esta manera una sobreoferta.

Por otro lado y volviendo a mi experiencia, puedo decir que trabajar como independiente tiene muchos inconvenientes, y definitivamente no es para todo el mundo, se debe tener mucho juicio en el manejo del tiempo y de la plata, ejercitar la paciencia y la pedagogía, mejorar considerablemente la expresión escrita y oral, aprender a hacer presupuestos y en general, aprender a gerenciar una compañía de un solo empleado. Por otra parte, siento que los beneficios, que pueden no ser muchos pero sí son machos, son el reconocimiento del trabajo –tanto intelectual como jurídicamente-, la gestión completa del proceso de diseño y por más extraño que parezca, la posibilidad de tratar con los clientes; después de todo ellos son los que realmente permiten desplegar mis armas de diseño. Por eso, es mejor tener un cliente que nunca le haya dicho a usted la malvada frase, sino que más bien sea usted el que diga, ese es un cliente con el que he tenido el privilegio de trabajar.



[1] No me quiero meter en más problemas en este artículo, por eso no lo afirmo

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