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Sobre la investigación en diseño y otros demonios

Sobre la investigación en diseño y otros demonios

En la academia suele ser frecuente la discusión sobre la investigación, y como se investiga en diseño. En medio de estas discusiones he podido ver que existen dos posiciones básicas al respecto, que corresponden igualmente con dos concepciones de diseño. Por una parte, están los que defienden la posición de que en todo proceso de diseño –la praxis[1]– siempre hay implícitamente una investigación; ésta usualmente consiste en la búsqueda de referentes, evaluación de condiciones particulares, identificación de limitaciones –de tipo comunicacional, funcional, estético y hasta jurídico – y diferentes tipos de variables que afectarían el desarrollo y la pertinencia de dicho diseño. Pensar la investigación en diseño de ésta manera lo vincula fuertemente al arte que, en su proceso de elaboración, cuenta con una investigación previa de características muy similares. La búsqueda de referentes y la aproximación a las variables de diseño/arte hacen de las investigaciones de este tipo altamente personales y que, en muy raras ocasiones, puedan ser adaptadas y aplicadas en otros contextos o para otras necesidades. De aquí se desprenden una gran cantidad de libros especializados enfocados en los procesos de diseño, mejor conocidos como showcase, en donde se muestra la investigación hecha para un caso particular –preferiblemente uno exitoso-.

Por otra parte, está la posición mucho más académica y conceptual que habla de La investigación como un proceso de análisis general de fenómenos mucho más amplios que pueden o no estar ligados a la praxis; esto quiere decir que no hay necesidad de tener un problema concreto con delimitaciones predeterminadas, sino que se puede hablar de problemas desde la generalidad. Estas están vinculadas con procedimientos de investigación científica y relacionadas con las ciencias blandas –sociales y humanas-; es por ésta razón que el desarrollo de dichas investigaciones suele tener como base conceptual la semiótica, las teorías de la comunicación, la sociología, la lingüística entre otras; aunque también puede incluir economía y psicología (o neurociencia en particular); además de tener marcos teóricos elaborados y transversales. Detrás de esta perspectiva se esconde la búsqueda por hacer del diseño una disciplina científica alejada de los problemas que conlleva la subjetividad del arte. Es interesante ver que en ésta aproximación los ejemplos de diseño –o estudios de casos- se usan para validar teorías, eso sí, siempre contrastados con fundamentos teóricos o cifras que ayuden a alejarse de la subjetividad del investigador. Estas suelen terminar en publicaciones mucho más complejas y que llegan a un menor público; suelen estar limitadas a editoriales universitarias o especializadas en teoría del diseño.

Pero ¿a qué viene todo esto? ¿Por qué lo considero importante? Como diseñador me he enfrentado a una problemática particular con respecto a la adquisición de apoyos financieros y estudios superiores, estas dificultades están asociadas directamente con las lógicas de investigación previamente expuestas, pues ellas afectan la percepción pública del diseño y por ende el valor que una investigación en este campo puede tener en la sociedad.

La asociación con las investigaciones artísticas se consideran como búsquedas personales –dadas sus características- por lo que se asume que su impacto en la sociedad es demasiado relativo y no interesa a la mayoría de entes gubernamentales o privados; estudios como maestrías o doctorados son entonces cambiados por stages artísticos o intercambios culturales. De la misma manera la asociación con las ciencias blandas adolece de un bajo interés, pero tiene la ventaja de ya estar posicionada como un área de estudio válida; sin embargo tiene otras dificultades como una mayor competencia, la dificultad para valorar las propuestas de investigación dada su heterogeneidad y la falta de jurados especializados en comunicación en general y en diseño en particular, lo que hace que las propuestas de investigación en diseño sean evaluadas por profesionales de otras áreas que, en el mejor de los casos, a duras penas conocen los fenómenos objeto de estudio.

Hace algunas semanas estuve leyendo un artículo sobre la innovación y la responsabilidad que entes gubernamentales tienen al respecto[2]; fue ahí en donde comencé a entender la manera en la que la investigación es valorada y por ahí derecho, el por qué de la problemática expuesta anteriormente con respecto a la financiación. La innovación es una idea ampliamente valorada en nuestros días ya que aumenta el valor competitivo de un producto, una compañía,  un territorio o un país. La forma más práctica para generar una medición de innovación es a través del conteo de patentes registradas (o en proceso de registro), así pues, un aumento en el número de patentes refleja un mayor índice de innovación y un menor número de patentes hace evidente un bajo nivel de innovación. La respuesta a un bajo índice de innovación es el impulso a la investigación, que tiene como resultado esperado hallazgos científicos novedosos y por ende, un incremento sustancial en la innovación, registro de patentes y posicionamiento del país a nivel internacional. [3]

Pensar en las patentes como el único método para medir la capacidad científica de un país resulta injusto, pues se excluyen las investigaciones que no tienen como resultado elementos patentables; en otras palabras,  bajo este método cualquier producto de una investigación de ciencias blandas queda excluido de la medición. ¿Cómo se mide entonces el aporte científico que se genera en estos campos del saber? Hay varias formas, una de ellas es a través de la publicación de resultados en revistas científicas o la publicación de dichos resultados en formato de libro; también cuentan las exposiciones y socialización de resultados en conferencias, seminarios, encuentros y coloquios internacionales especializados. El problema con estas mediciones está en la valoración que se le pueda dar a cada uno de los elementos de medición, teniendo en cuenta la heterogeneidad  del campo, es difícil equiparar una presentación internacional en campos tan distantes como por ejemplo, el diseño gráfico y la historia; o el impacto que podría tener un libro impreso con respecto a una página web o a una producción multimedial.

Por otra parte, al ejercicio profesional en el caso del diseñador o la investigación basada en la praxis no se le da ningún valor científico, pues en muy raros casos genera publicaciones con carácter científico centradas en el diseño –o su proceso de investigación concretamente-, y el único producto reconocible de dichas producciones es, en el mejor de los casos, el registro de propiedad intelectual y/o de derechos de autor. Además de tener el estigma de ser producciones que cumplen con una finalidad estrictamente comercial y no generan un aporte más allá de su aplicación empresarial. Salvados están los casos de las producciones editoriales (con ISBN o ISSN) que dan crédito al diseñador y que pueden ser incluidas dentro de las “producciones intelectuales” en plataformas como el CVlac de Colciencias.

Sería interesante pensar en que los elementos registrados bajo la protección de propiedad intelectual (marcas, elementos de publicidad, empaques, etiquetas etcétera) pudiesen ser considerados como una innovación equiparable al registro de patentes, pues, los procesos de validación de estos métodos de protección al autor son bastante próximos –al menos con respecto a la validación con los pares y evaluación de la comunidad en general, además de las implicaciones legales-.

¿Qué debemos hacer los diseñadores? Rezar es un buen comienzo, pero también abogar por el rigor científico que permita a la comunidad en general reconocer al diseño como un área de investigación válida, que puede incrementar el valor agregado y la competitividad del país. Crear una conciencia colectiva de diseño que valorice los productos de este sector –y de la cultura en general-. Estudiar juiciosamente nuestro oficio para ver cuáles mecanismos nos ayudan a generar innovación y/o pueden ser reconocidos como desarrollos científicos; son algunas de las respuestas que puedo dar a esta pregunta, pero definitivamente la más importante es perder el orgullo, alejarse del ego y la búsqueda por éxito personal y pensar más bien en la construcción de conceptos de diseño sólidos que permitan a otros investigadores en diseño entender los fenómenos relativos a nuestra profesión.



[1] Uso intencionalmente el término praxis, pues denota la lógica de taller con la que se enseña diseño: el ejercicio genera conocimiento.

[2] Sin tecnología y patentes no hay futuro – Consultado 18/08/2013

[3] Esto en un entorno ideal en donde el proceso de registro es relativamente fácil y no sufre de trámites administrativos complejos como pasa en Colombia, en donde el aparato burocrático y el bajo número de laboratorios de investigación tiene como resultado la fuga de cerebros y una baja creación de nuevos productos o procesos patentables . Un ejemplo que ilustra este fenómeno haciendo click aquí Consultado 29/08/2013

2 Comments

  1. Camilo · noviembre 12, 2013 Reply

    Hey mano.. Muy interesante su Blog y su visión de mundo, ¡felicitaciones!
    http://camilovega.blogspot.com.au/

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